Mi mamá tiene seis canarios encerrados en la misma jaula. Al comienzo eran sólo dos, una pareja de pájaros cuya única entretención diaria consistía en romper pedacitos de papel para luego meterlos en una canastita en donde quedaba su nido. Después ellos mismos creyeron que ya era hora de usarlo y se dedicaron de ahí en adelante a cumplir con el mandato divino: “Creced y multiplicaos, Oh canarios míos”. El macho no se detenía en cortejos inútiles porque su pareja no tenía escapatoria, sólo le desplumaba impunemente la cabeza todas las veces que, ustedes ya saben, se dejaba llevar por la pasión de su misión.

Prototipo de canario. El grillete en la pata fue puesto con su consentimiento.
La hembra ponía un promedio de tres huevos en su nido y luego se sentaba juiciosa a empollarlos durante varios días. Al comienzo no funcionaba el mecanismo, mi mamá tenía que sacarle el nido porque ya no había caso. Mi papá abría los huevos y dentro de ellos aparecía la clara y la yema, por lo que el insistía que se podían hacer fritos y de seguro serían muy sabrosos. Pero tampoco servían para eso, los huevos de canario son un poco más grandes que un maní y más espesos que los de gallina, no sobreviven el aceite.
Después de varios intentos fallidos mi mamá comenzó a desilusionarse, creyendo que quizá el canario era infértil, mientras que el infeliz pajarraco seguía desplumando impunemente a la pobre canaria que debía después sentarse a empollar el fruto de su amor instintivo que nunca florecía. Pero un día después de mucho intentarlo, por fin una bestiecita pelada asomó la cabeza cuando la pájara salió del nido a comer alpiste. El crío chillaba y abría la boca para que su mamá al regresar regurgitara el alpiste y lo alimentara. Por suerte los humanos inventaron las coladas y las papillas, porque el arroz regurgitado no debe saber muy bien, además de las ventajas de ser mamífero.
Después de que salió del nido, el pajarito se dedicó a explorar su reducido mundo: palitos por acá, la comida por allá y barrotes por todos lados. Los días pasaron y el excesivo tiempo libre de los canarios se tradujo en más y más huevos, de los que salieron varios nuevos pajaritos que fueron creciendo y saliendo hacia las jaulas de personas interesadas en adornar sus casas con los inútiles pajaritos encerrados.


El huevo es excelente alimento, según un informe imparcial de la sociedad mundial de vendedores de huevo.
Hasta que un día la matriarca murió, quizá debido a las heridas en la cabeza que le propinaba la pasión del pico afilado de su marido o a los múltiples trabajos que pasó para poblar otras jaulas con su descendencia. Mi mamá dejó de regalar los canarios que quedaron: dos machos y una hembra, por temor a que el patriarca también muriera y ella se quedara sin sus animalitos.
En efecto, un tiempo después el pajarraco estiró la pata y debe estar en el infierno de los malmaridos, y mi mamá quedó con una pareja, que según nuestras normas de parentesco, venían siendo hermanos. Pero eso poco importó a la parejita de pájaros que empezaron a seguir los pasos de sus padres. Este macho era menos efusivo que su papá y dejaba menos desplumada a su, digamos, “pareja-hermana”, que ponía dos huevos en promedio con la misma fortuna de los primeros huevos que puso su mamá: no empollaron. Pero después de un tiempo los primeros polluelos salieron de sus huevos para alegría de mi mamá y escándalo de la Sociedad y la moral de la Iglesia. Los dos primeros críos de esta pareja eran hermanos y al mismo tiempo primos, de ahí el escándalo, eso no se podía permitir en una sociedad civilizada de pájaros ornamentales, sin embargo nada se hizo para evitarlo: la debacle era inminente.
Ellos tuvieron tres crías que mi mamá conservó con la intención de regalar aunque después se acostumbró a ellos y decidió quedárselos. Los pajaritos crecieron rápidamente y sus hormonas comenzaron a hacerse notar, así que en muy poco tiempo se presentaron las primeras cruentas batallas a picotazo limpio entre los tres machos que se disputaban las dos hembras, sin importar que fueran mamá-tía, hermana-prima o hija-sobrina.

La casa de los pollitos, cuando se gradúan deben abandonarla
Y la naturaleza hizo el resto. Al poco tiempo una de las pájaras estaba empollando unos huevos. Ya no se sabía que parentesco tendría con las avecitas que salieran de ellos, si es que salía alguna. Como todos temíamos pero ninguno esperaba, una bestezuela emergió a los pocos días del cascarón exigiendo con los mismos chillidos transgeneracionales de siempre su porción de alpiste regurgitado. Hoy en día ya ha salido del nido, es un canario normal, parece que es un macho con el plumaje que tiende hacia el naranja intenso y que con el tiempo será otro más que exigirá con su propio pico una porción de lo que la naturaleza le tiene reservado a todo macho para que cumpla con su misión en la tierra.
Ojalá que algún día tanto desenfreno de esas aves pecaminosas sea castigado y de uno de esos huevos producto del más abyecto de los incestos, emerja un engendro apocalíptico que ponga fin a su estirpe. Quizá un canario con cola de cerdo, emulando el destino de los Buendía. No estaría nada mal, es un destino literario después de todo.
Este fue el último del año. La próxima semana esperen un especial que resumirá de algún modo lo que ha sido para mí este primer ciclo astral de QP. Relájense estos días, mientras yo me arrepiento de todo lo malo que he dejado de hacer este año.

