Las fuerzas armadas mexicanas son correteadas a estas alturas de la noche, a lo largo de los estados del sur de la unión americana.Apenas pusieron un pie del lado de la frontera gringa, rancheros y ciudadanos de bien que vigilaban la línea divisoria se movilizaron para impedir la vulneración de la soberanía.
La entrada masiva de militares se vio torpedeada desde tempranas horas del miércoles al llegar a Nuevo Laredo. Un grupo de locales se rehusaba a dejar pasar las tropas sin antes exigir una donación para los transportadores de la región. “Deben comprender que es nuestro oficio cuate… y aquí nadie pasa si no es metido entre mi camión!”. Tras hacer desistir a los pobladores de cobrar tal impuesto (con la diplomacia que ofrece un culatazo en la cabeza), las fuerzas aztecas siguieron su camino.

Al cruzar la frontera los padecimientos no se detuvieron. El calor infernal que abraza y abrasa a la región, ya hacía mella en los soldados en su mayoría del DF, que no conocían en su vida un clima tan malsano. Mala decisión fue entonces surtirse de agua en el famoso río
Grande; peor aún fue para algunos echarse un chapuzón. Inmediatamente camionetas de alto consumo de gasolina y gran envergadura se hicieron presentes. De ellas salieron personajes sobrealimentados, de rasgos caucásicos, fuertemente armados (por su tienda de armas local) que no quisieron atender explicación alguna y se dispusieron a disparar a cuanta cabeza se asomara a la orilla del río.
Los más hábiles se camuflaron entre los empleados del supermercado más cercano. Otros empezaron a hablar una jerigonza que ni español ni inglés era y fueron confundidos con un colectivo de reguetón portorriqueño. Los más desafortunados fueron los que lograron completar su misión y al llegar Lousiana fueron confundidos con refugiados y a esta hora aguardan ser repatriados.

“Pueden venir pero no les será facil entrar!” decía un ranchero rozagante en overol.

