Muchos, pero muchos han sido los libros de superación personal que nos han obligado a leer a lo largo de nuestras vidas. Desde “Juan Salvador Gaviota” hasta “La culpa es de la vaca” hemos tratado de sacar el mayor provecho sin desesperar después de leer el resumen de la tapa posterior o echarle una ojeada a la carátula.

Hoy quisimos hacer un experimento: tomar todo aquello que nos resultó útil de aquellos libros (“La fuerza de Sheccid” me sirvió para nivelar la pata coja de mi escritorio) y usarlo para mostrar a la gente el auto control que debe guardar cuando tenga que hacer una de las tantas diligencias en alguna entidad pública infestada de funcionarios, personas como nosotros que quisieron abandonar su humanidad para vivir como accesorios temporales del despotismo estatal.

Un saludo muy especial al Tío Rojo, lector asiduo de los libros de auto ayuda de Manuel Castells y televidente fijo de las aventuras liberales de Benny Hill.

César Salvador Gaviota.

Son las nueve de la mañana, el día no está ni demasiado frío ni muy caliente, dormí bien, gracias al agua caliente llené de vapor el baño para hacer de cuenta que tenía un sauna, luego me bañé el cabello con champú y me afeite con cuidado hasta el último pelito solitario de la cara aun hospedera de un normal acné juvenil. En pocas palabras, me sentía perfecto para salir a la calle, armado con una espada valerosa presta a defender damiselas en peligro y castigar tiranos incorregibles, con las alas llenas de poderosas y bien aceitadas plumas de cóndor en cuerpo de gaviota triste con todas las ganas de volar por los aires más rápido que la luz misma*; eso o tratar de conseguir alguno de los inútiles papeles membreteados llenos de firmas y sellos o los pedacitos de plástico infalsificables (que se consiguen falsos con una facilidad pasmosa) que en nuestra sociedad se suponen muy importantes, hasta el punto que yo, medio izquierdista y toda la vaina, los consideraba indispensables.

“Bonita imagen que inspira en mi los más nobles sentimientos”-El pirata Francis Drake

Cumplí dieciocho años y de inmediato sentí ansias de tener la cédula, amé el documento que me permitía entrar legalmente a los bares, a las películas violentas para mayores de 18 años (como “Masacre en Disneyworld” o la película en que unos terroristas roban un Transmilenio y arman el caos en toda la ciudad) y me daba acceso al cuartito prohibido de Betatonio, junto con algunas desventajas; desventajas que solitas me hacían sentir como si el puerquito bien alimentado fuera por su propia voluntad a pedir un certificado que lo declarara apto para el consumo humano. Sin embargo, no supe cuan difícil podría llegar a ser conseguir ese plástico con los escudos del régimen y la foto en blanco y negro del triste sometido haciendo cara de gente seria, con su primer intento de firma, ensayada durante meses, cubriendo el centro de la tarjeta. La dificultad era máxima, el mensaje directo: ¿Quieres tenerlos? Debes luchar por ellos.

“Sin plumas y cacareando”-Eslogan de un popular libro de superación que habla de una galllina con crisis de identidad.

¡Listo! Como sea. Hoy amanecí de buenas pulgas, ¿Con quien hay que pelear? Tengo una enorme espada de valor personal para entrar en duelo con quien sea necesario y soy consciente de que, como dicen en las novelas colombianas violentas: “No sacarías un arma si no estás dispuesto a usarla”. Es más, en plenas vacaciones de mitad de año me despierto antes de las ocho de la mañana y algunos minutos antes de las nueve llego a la Registraduria para cumplir con mi deber de ciudadano convertido misteriosamente en ansias. Eso debió ser efecto del crecimiento, la sociedad enseña que después de los dieciocho ya me puedo sentir como adulto, tomar todos los proyectos enloquecidos que han viajado por mi cabeza durante los últimos años, en los que me he sentido terriblemente sólo, y hacerlos realidad, así mis padres se opongan y traten de disuadirme. En fin, me acerco a la entrada, demasiado libre de personas para ser cierto, dirijo mi mirada al celador detrás de la puerta de vidrio transparente al punto que la golpeó ligeramente con las puntas de los dedos, la oficina está semi vacía, algo extraño sucede:

-“Muy buenos días”-digo valeroso al celador, un hombre de bigote bonachón que me recuerda a Mario Bross. Sonrío satisfecho por la genial comparación.
-“Si señor”-responde entreabriendo la puerta, poniéndose en medio del pequeño espacio que deja entre la hoja de vidrio y el marco que la sostiene para evitar que yo entre.
-“Hágame un favor, vengo para solicitar la cédula”-digo rozagante, feliz, henchido de gloria y sintiéndome como el único ser importante sobre la tierra.
-“Sí señor”-responde y comienza inmediatamente con su retahíla monótona-“antes de las siete y media de la mañana se entregan las fichas para todos los turnos del día. Hace como dos horas que entregué todas las fichas de hoy, entonces le toca ya venir mañana y hacer la filita para que le den una ficha con la hora del turno, usted puede irse y volver a la hora que le toque para que lo atiendan”-ni siquiera parpadea, lo dice todo con un aire de suficiencia inquietante, estrafalario ser dueño del derecho de vida y muerte sobre nosotros sus esclavos, la persona que decide quien entra y quien debe permanecer fuera de su enorme reino prestado por un turno de ocho horas. El poder temporal que le da un escudo y un feo uniforme. Pero no me molesto, toda la gente merece respeto, no debo engancharme con mis emociones negativas.
-“Bueno, gracias”-digo sin esperanzas cuando la última parte de mis gracias la escucha sólo el frío vidrio marcado por las huellas de miles de personas anteriores. Pero se necesita mucho más que eso para doblegar el ánimo de la persona más especial que tengo en el mundo: yo mismo, porque como dice ahora Don Jediondo en su show del sábado en la noche: “Este mundo es de nosotros los triunfadores”.

Próximamente la cédula podrá ser diligenciada por Internet

Dicho y hecho, pensado y actuado, la postergación es el cáncer de nuestra eficiencia. Eso no es problema para mí, yo siempre he sido un tipo muy decidido, como la vez que a los 17 años estuve varias semanas tratando de decirle a una muchacha que se cuadrara conmigo y, cuando un día en el Múltiplex de las Américas todo estaba listo y servido, me arrepentí una milésima de segundo antes de decirle. Nunca más volví a pensar en ello, y lo hice porque sabía muy en el fondo que ella no me convenía, era ligeramente más perversa y mucho más demente que yo. Ese es el tipo de mujer que a ningún hombre le conviene, y sé muy bien porque lo digo**.

Cada persona tiene un espacio destinado para su realización, una oportunidad para ser él mismo que todos nosotros debemos respetar y tener en consideración. Mi libertad termina en donde el otro es capaz de defender la suya. Eso tampoco es un problema, yo siempre he sido un sujeto muy tolerante, como cuando insulté a un gamincito que me pidió una moneda después de que le había dicho ya tres veces que no, o la vez que dejé de hablarle a una amiga durante varios meses porque dijo algo que no debía***, soy tolerante y asumo las cosas con calma, por eso me retiré antes de que alguno de mis pensamientos auto frustrantes me inmovilizara provocando alguna reacción iracunda e inconveniente para mi paz interior y el respeto que debo guardar por los demás.

¿Será que la culpa si es de la vaca?-Labrador que reclama la ruptura de una cerca.

Enfundé la espada de valor que me resultó por completo inútil para luchar esta batalla. Regresé a mi casa comprendiendo que lo mucho de seguridad que guardo en mi mente no es suficiente para evitar las leyes que rigen esta sociedad en la que el azar me ha colocado, dentro del cuerpo que mi propia genética ha ayudado a configura por arduos y enrevesados caminos de mestizaje. Ese soy yo, quizá algo un poco más problemático que una gaviota, hasta de pronto un poco más útil para la sociedad que un caballo. Para demostrar mi utilidad, llegué a mi casa temprano en la mañana para seguir haciendo lo que mejor me queda: dormir durante horas, ajeno a los ruidos del mundo

¿Será que César Salvador Gaviota pudo sacar su cédula? ¿Le sacaría la piedra alguna otra mujer ambigua? ¿Se dejará tentar por la arrogancia de otro celador? ¿Aprenderá a vivir en sociedad? ¿Respetará a los demás así los considere extraviados porque no se parecen a él? ¿Le habrán gustado las películas “Exploración Profunda” y “Pozo sin fondo”? Son demasiadas preguntas para tan poco espacio. Compren el libro y compruébenlo por ustedes mismos****.

Pequeño diccionario de términos de oficina pública.

Fichocracia: Sistema de gobierno basado en el control de las masas mediante la expedición de cartoncitos marcados con números distribuidos a la hora de inicio de la jornada de atención.

Jornada de atención: espacio de tiempo comprendido entre la hora de apertura y la de cierre de una dependencia. En una institución pública toda jornada de atención carece primordialmente de atención.

Horario de oficina: comienza a las 9 de la mañana, va hasta las 12 u 11 y 30 AM cuando salen todos a almorzar con morcilla y empanadas criollas. Se reanuda a las 2 y 30 o 3 de la tarde y termina a eso de las 5 o 4 y 30 de la tarde, cuando cierran la ventanilla a pesar de que la fila detrás de ella aún sea numerosa. Los viernes por la tarde no hay atención al público. Por favor no insista. Gracias.

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*Es un hecho que César Gaviota, con su tierna edad, aún no ha estudiado las bases de la teoría especial de la relatividad (N del T).
**César Salvador se precia de saber cosas que en el mejor de los casos ignora por completo (N del T).
***Salvador Gaviota reconoció fuera de cámaras que ha sido más de una vez.
****Es posible que tal libro no se encuentre en el mercado.

Yo sé quien tampoco sabe lo que usted no sabe. Comuníquese