Hoy en el Bronx Literario de Que Paila hemos recopilado distintos escritos en miniatura (por lo poco que dicen) para deleite de nuestros lectores. El procedimiento fue sencillo: le pedimos a varias personas más o menos responsables de sí mismos que escribieran un texto de máximo dos párrafos en los que esbozaran alguna historia interesante o dieran las primeras pinceladas de brocha gorda a una denuncia sobre situaciones lamentables que suceden aún en nuestra ciudad y en la sociedad en general. En algunos se entiende el mensaje, en otros la cosa es más complicada, sobre todo para la gente acostumbrada a leer fábulas de animalitos y a ver los cuentos de los Hermanos Grimm por quincuagésima vez sin entender porque Caperucita y su abuelita no fueron consumidas por el jugo gástrico en el estómago del lobo hablante.

Bogotanos ilustres haciendo algo más importante que escribir: la primera cesárea en Colombia. En todo caso advertimos que ninguno de esos escritos ha pasado la censura de la Arquidiócesis de Kennedy ni cuenta con la aprobación de la sección de sanidad mental del Ministerio de Protección Social (resultado de la fusión de los ministerios de salud y trabajo con el matadero Distrital y la sección de desapariciones forzosas del servicio secreto de Caparrapí) e incluso algunas entidades gubernamentales pidieron que todos los escritos fueran impresos sólo para poder quemarlos después como señal de profunda desaprobación. Ojalá que los puedan disfrutar porque en el fondo reflejan una realidad que no deja de ser chistosa. Esperen pronto la Whiskería Poética de Que Paila (si logramos rehabilitar a nuestros poetas o tenerlos lo suficientemente sobrios como para que puedan teclear durante 15 minutos sin desmayarse). En plena calle Tuvo que dejarlo con la mano estirada para no traicionar sus principios, sin embargo no pudo evitar observar con algo de remordimiento la mirada en extremo triste que el extraño le dirigió desde las profundidades de su cabello enmarañado y nauseabundo. -“Por favor, tengo hambre”-dijo el extraño con un filo de voz Prefirió no responder, tan sólo movió su cabeza de un lado a otro en señal de negación y con ojos indiferentes miró la mano percudida que seguía abierta en el aire esperando ser favorecida con alguna de sus manoseadas y devaluadas monedas. Lo miró de reojo una última vez sin dejar de sentir algo de asco, siguió avanzando todavía por la misma calle y durante algunos instantes más tuvo en su mente la imagen del mendigo, hasta que asuntos más urgentes tomaron poco a poco el control de sus pensamientos.

Dos personas diferentes Ocho mil treinta días. Más o menos porque no estás contando los días adicionales de los años bisiestos. Cierto, igual creo que ya no vale la pena contarlos. ¿Por qué lo dices?, siempre hemos pensado que cada día que hemos vivido juntos es tan importante como la vida misma. Pues el problema es que ya no estoy tan seguro. ¿De verdad?, ¿de qué no estás tan seguro? De si tenerte conmigo sea el motivo de mis angustias o la razón de mis alegrías. Bueno, eso sólo lo sabes tú, yo sólo te ayudo a que encuentres las respuestas que a veces se te escapan. Eso lo sé, pero cada vez que se repite este día, en un año distinto, me pregunto si el pasado ha valido la pena. Te lo digo una vez más, eso sólo lo sabes tú, yo no tengo la capacidad de juzgar lo que has hecho, sólo puedo proponerte alternativas y sugerirte caminos de acción, nada más; el resto siempre ha dependido de ti. Pero si nunca te hubiera escuchado quizá no me estaría arrepintiendo, o a lo mejor lo único que nunca cambia en nuestras vidas con el paso del tiempo es la tendencia a sentir arrepentimiento por todo lo que hacemos después de que ya nada puede hacerse para remediarlo. En eso tienes razón, pero ya basta, deja de preocuparte por esas bobadas y piensa en un deseo, toda tu familia espera a que apagues las velas.
Dos velas de cera en forma de dos formaban el veintidós de sus años vividos y él muy en su interior conversaba con su demonio personal; es cierto, todos esperan que pida su deseo y apague las velas con un soplo fuerte. Después ¡hay ponqué para todos!

-”Qué tal uno de esos demonios para mi solito” Carta de una amiga “Tú sabes que te quiero, me preocupas en serio, me parece que el camino que escogiste no es el que mejor te queda, estoy segura de que si me hicieras caso por lo menos una vez en tu vida las cosas te saldrían mejor. Pero igual tú sabes que te quiero muchísimo y respeto tus opiniones así estén equivocadas, lo que pasa es que me preocupa que te hagas daño con esas decisiones, desearía poder protegerte de ti mismo, aún no sabes lo que significa vivir, porque créeme, todo lo que hago lo hago sólo por ti y porque te quiero no sabes cuanto.

Les presento a mi nueva mejor amiga, se llama Jezabel. De algo si estoy muy segura, te conozco demasiado bien para saberlo, tú no sabes lo que haces. No sabes tratar a tus amigos, no te imaginas como corresponder a su confianza, decirles la verdad siempre sin importar lo que suceda, yo lo sé muy bien, tus amigos te quieren. Pero si no cambias tu actitud un día de estos despertarás y ya no tendrás con quien hablar, nadie que te escuche, te quedarás sólo y ese día ni yo seré capaz de consolarte. Tranquilízate, yo estaré siempre cerca de ti, pendiente de tu fracaso como persona, pendiente para que te des cuenta de que a pesar de lo desconsiderado que eres conmigo yo siempre estaré a tu lado dispuesta a ayudarte a reconstruir tu vida, a rescatarte del fango al que insistes en arrojarte en vez de permanecer en mis brazos, con la protección segura que sólo yo sé darte.” Visita al hospital infantil Caminé hasta la recepción, saludé con ligereza y pregunté varias veces por su nombre hasta que la insípida mujer que allí atendía quiso fijar su atención en mí y me respondió con un seco, “habitación 306”. Tuve que dejar mi maleta llena de libros guardada en el casillero al cuidado de una amable señora que me indicó el camino que debía seguir para llegar al tercer piso. “Salir al patio externo, caminar hasta llegar al edificio contiguo al de ingreso, girar a la derecha y caminar hasta encontrar una rampa de acceso, seguir por aquella rampa hasta el ascensor que debe usarse para arribar a los pasillos y por ellos a las habitaciones, eso si, sin olvidar que debe portarse la escarapela de identificación en un lugar visible.” La puerta del ascensor se abrió de golpe y me encontré de frente con una pared deliciosamente decorada con tiernos conejitos vestidos como dedicados doctores, instrumental médico personificado con nombres sonoros y divertidos jugando amistosamente entre ellos, una visión tranquilizadora en cuyo disfrute pude olvidar los pasillos lúgubres que tuve que recorrer antes de llegar al ascensor e incluso al mismo ascensor metálico de dos puertas, frío y solitario, el montacargas que te lleva directo al infierno junto con las otras almas condenadas. Eres consciente del sitio al que vas, pero igual insistes en ir y de seguro no te gustará lo que estás a punto de presenciar. Es mejor que nos demos un tiempo.
Ese día tuvo tiempo para pensar mejor las cosas. No supo exactamente por qué, pero sentía un gran alivio a pesar de todo; se encontró feliz en medio de su tristeza flotando aliviado en un punto de relajación al tormento de su existencia; la calma que le permitió por primera vez en su vida ser honesto, la honestidad para responderse las preguntas que por tanto tiempo había aplazado, el tiempo que tanto lo oprimía, la opresión que se convertía en resignación, la resignación para aceptar que ella, la mujer, lo había traicionado; la resignación para entender que él, el hombre, no había sabido interpretar las señales de su vida. En las peleas de boxeo una hermosa mujer en bikini se mueve por el cuadrilátero con un cartoncito que indica el número del round, él es de los que se distraen con las carnes sensuales de la modelo e ignoran completamente el número del cartón; y ahora se distrajo con su amor dependiente y no leyó el cartón que ella llevaba siempre en las manos: “ya no te quiero ni un poquito; de pronto me gustas, eso es todo”, decía el cartón con letras rojas de molde. Sueños irrealizables. Una noche soñó que trataba de dormir y el ruido de los vecinos no lo dejaba. Entonces se levantó de su cama soñada y sacó de su armario imaginario el fusil más grande y poderoso del mundo, lo cargo con un proveedor interminable de balas enormes y se fue a golpear a la casa vecina. Cuando el fiestero abrió la puerta, le descargo una ráfaga de fusil que perforó inmediatamente al vecino ruidoso, pasó el umbral de la puerta y le propinó el mismo destino de plomo a los rostros desconocidos e inexpresivos que acompañaban la parranda del recién muerto. Después volvió tranquilo a su casa soñada y se acostó en su cama, y dentro del sueño comenzó a soñar que soñaba.

-”Qué bonito sueño” ¿Quién no parece ladrón después de todo?
Cuando las gentes exitosas pasan veloces y felices en su cómodos automóviles privados y tú tienes que tomar un bus, pararte en cualquier andén triste para que alguno de esos enormes vehículos se detenga cuando le hagas la señal de pare, espere a que lleves tu cuerpo hacia él y hagas un esfuerzo casi automático para encaramarte, lo menos que esperas es que precisamente encima de ese desagradable medio de transporte te encuentres con algo que pueda destrozar aun más tu débil estado de ánimo. Y sucede. Pagas con el único billete que tienes para sobrevivir los próximos tres días, uno de veinte mil si estas de buenas, uno de diez mil si nada raro ocurre y uno de cinco mil como a veces te sucede; y entonces el conductor de bigote montaraz te mira, huraño, y te pregunta sin ninguna consideración que si no tienes más suelto, es obvio que no tienes suelto, no confías en los conductores. Tienes que esperar un buen rato para que te den las vueltas, pasas la registradora y te agarras del primer tubo que ves, muy bien sujeto al techo, y sientes como la suciedad de otras miles de manos anteriores a las tuyas te ensucian y traspasan la seguridad de tu piel, y sientes como tu cuerpo se vuelve sucio con la suciedad acumulada de toda una humanidad. Finalmente te acostumbras a sentir la molestia en las manos, el olor rancio de las latas sudorosas y el fétido de los tapizados percudidos, miras hacia un lado y ves a un tipo pensativo con el cabello un tanto desordenado sobre la frente, un bigote descuidado de pocos pelos, y piensas sin temor a equivocarte que ese tipo parece un ladrón. ¿Inquietudes? Escribe a Fetishit

