Ésta es el segundo capítulo en la aventura interestelar del equipo de la Agencia Espacial Colombia. Lee el primer capítulo de ésta historia, AEC: Estación Ganímedes, haciendo click acá.


Viendo la tierra que se alejaba poco a poco, por la cabeza de John pasaban los pensamientos más siniestros acerca de esa esfera grisosa y marrón. Es decir,¿ cuál es la alharaca acerca de esa gran masa de tierra con pedazos caminantes de carne con función indeterminada? ¿y qué si de un momento a otro desapareciera con todo su contenido pobre en vitaminas? ¿quién la extrañaría? No ciertamente el espacio frío, oscuro y romántico. Ya. Frío como el corazón de Yaneth. Oscuro como los días de John sobre dicha masa de barro estelar solidificado. Romántico como hacerle el amor a un pollo por detrás.

Afortunadamente para salvarla se tendría que alejar de ella. Sólo por un tiempo, pero bastante lejos y en su nueva nave. Si señor. Esas 7 mil toneladas de acero y vidrio guajiro tenían más vida que la suma de todas las personas que había conocido éste año. Y tal vez todos los otros años. Quisiera haberse dado cuenta de cuando la gente de éste gran país, incluyéndose a sí mismo, perdió el espíritu. John habría volado la nación entera en mil pedazos al otro día gracias a sus profundos conocimientos en explosivos y armas de destrucción masiva, pero el cambio fue sutil. Nadie supo si fue por el día en el que Padres e Hijos se acabó cuando el gobierno cortó los fondos para la costosa preservación biónica de los actores, o cuando Alvaro Uribe reveló al planeta su posesión demoniaca y ulteriormente sus exitosos planes de conquista mundial. O tal vez la suma de todo eso. Lo cierto es que la gente enloqueció y nadie supo cuando.

Tirún tirún! “Capitan Restrepo, se le necesita en la consola. Capitán Restrepo se le necesita en la consola” Tirún tirún. Dijo la voz guisa estándar de la mujer en el autoparlante. Restrepo se alejó del gran ventanal sin saber que había estado siendo observado desde un rincón por la doctora Parrado.


Nuestro jíbaro a bordo Archivo AEC

John se desplazó suavemente flotando por los corredores de la nave, hasta llegar a la consola. Se puso los audífonos, y encendió el strober. Cuando John se paraba en frente en su consola de DJ, no había rey que estuviera cómodo como él en su “trono”. John mezcló de todo durante la noche. Desde la música que salía todos los años con la que compositores fracasados mezclaban temas modernos con ritmos autóctonos, hasta la mejor música clásica o barroca de compositores como Diomedes o Los 50. Festearon como bestias toda la noche hasta el amanecer. Sólo que como no había amanecer entonces siguieron derecho.

Las fiestas de la AEC eran legendarias. Por todo el planeta corría la voz de que después de que se encarcelaron a todos los consumidores de drogas, el equipo de la AEC era el único que tenía acceso a los estupefacientes sintéticos que los ayudaban a viajar durante los viajes, si se permite el juego de palabras. Con un poco de ellas, los viajes interestelares se hacían menos aburridos. Que callen los moralistas, que nunca han experimentado hastío del espacio profundo. En televisión parecería que los astronautas se divirtieran símplemente con sus caminatas espaciales, y escupiendo gargajos gelatinosos en gravedad cero, pero esas cosas no compensan una fiesta valle-electro, vodka y éxtasis sin parar.

Los militares se divertían aún más de lo que disfrutarían torturando árabes desnudos. La falta de mujeres no se hizo notar gracias a la imaginación de los soldados y la inventiva de los científicos. Pero a pesar de todo ahí estaba ella. la hermosa doctora Parrado. John quedó hipnotizado con su figura danzante, sus caderas que se movían al ritmo de la música que parecía hecha adrede para delinearlas suavemente. Descuidó el tornamesa embelezado durante varios minutos mientras ella danzaba sobre el cubo en el centro de la sala de controles. No se necesitaba mucho para que John dejara la consola y saltara flotando por entre los aires hacia sus brazos. Durante algunos segundos lo pensó. El recuerdo de Yaneth era ya lejano como la distancia física que lo separaba de la tierra desde el corazón del sistema solar, su cuerpo se hizo lábil y finalmente cedió.

Cuánta pasión levitaba por los corredores del gran cohete. Flotaron hasta llegar al cuarto de la doctora parrado, y en medio de la pasión, las ropas comenzaron a volar por los aires como sólo podían hacerlo en gravedad nula. Morían por consumar su amor apasionado. Y justo cuando el adolescente cochino que está leyendo ésto se había mandado las manos debajo del ombligo como el degenerado barroso que es, la mirada de John se enfocó en el vaso blanco de plástico que estaba pegado a la mesita de noche de la doctora. Rápidamente se separó de ella y se lanzó contra el vaso. Lo tomó en sus manos y sus pupilas se dilataron bajo el sudor de su frente cuando lo analizó más detenidamente. La doctora Parrado iracunda gritó -Pero qué passsa!”. John calló, pero su cara lo decía todo. Su expresión facial reflejaba claramente un OMGWTF WE’RE SO FUCKED.

El cuarto de la doctora estaba ya lleno de los científicos de la misión con los ojos rojos, desorbitados y con ojeras tratando de leer los ingredientes del vaso de yogurt a medio consumir. -”Sip capitán. Efectivamente es un yougurt. Con cultivos probióticos”

-”Como lo temía. Doctora Parrado, se puede saber qué demonios estaba pensando cuando trajo consigo un yogurt con cultivos probióticos?”

-”Yo no soy bióloga, soy ..¡soy física!, ¿cómo rayos quería que supiera todo eso que me acaba de contar acerca de los cultivos probióticos en el espacio exterior?. Además lo necesito para mantenerme en forma.” Dijo dándose importancia.

-”Señor. Y tiene sabor a maracuyá” dijo el Doctor Urdaneta.

-”Oh no maldición. Qué hacen todos acá todavía. ¡Vayan a examinar toda la nave!. Todos a sus puestos” Hizo sonar la alarma y de los armarios salieron una docena de rifles que le dió a su equipo.

“Pfft pffft. Capitán, no hay nada por acá, cambio.” “Ni en el sector de la bodega pfft cambio pfft.”

Algo le olía mal a John. Y no eran sus axilas. Pero como haría cualquier persona, se aseguró, las olió, y confirmó que no eran ellas. -”Qué, qué habrá sucedido con ellos!!! AGH” Le dió con ira un golpe fuerte a la pared metálica como acostumbraba a hacer cuando la paciencia se acababa, y un bramido retumbó por toda la nave. “AUAAAARGH AUAAAAAARGH”. John se quedó frío y agarró su arma con fuerza. Unos tentáculos vegetales salieron de las paredes de metal que se rompieron como papel alumino. John cubrió a la doctora y la metió en el closet. No podía correr riesgos.

John activó la gravedad artificial y salió corriendo por los pasillos mientras disparaba a la paredes. Corrió disparando al cien hasta que llegó a la sala de controles, donde el doctor McNamara, originario de los Angeles estaba por perecer ensartado en una escama de la creatura que estaba creciendo rapidísimamente entre las paredes de la nave. Antes de morir tomó un a John, puso en su mano un dije que pendía de su cuello y le dijo -”debes dárselo a mi sobrino John, se llama como tú. Es de vida o muerte, apenas regreses a la tierra debes dárselo”

-”Pero por amor al cielo, cómo voy a llegar a la tierra, cretino animal. Con ésta bestia que vive en las paredes y nos quiere enviar al infierno!!!”

-”Seeee seee-a sea monkeys, en la incubadora. Son son son su sus enemigos natura…les”

John no lo dudó y continuó corriendo hacia la incubadora caminando entre los cadáveres sangrantes de lo que parecía todo su equipo, y las latas retorcidas del interno de la nave, mientras continuaba disparando con su rifle de asalto. El goliath híbrido vegetal-animal gemía entre las paredes “MEHEEEE BEHEEE AEGHHHHAAAA”. Llegó a la cámara de incubación y tomó un sobre de los seamonkeys deshidratados que habían llevado en el viaje, no se sabe si para la cena de año nuevo o para experimentar con ellos. Tomó un vaso de agua y los diluyó dentro. Tenía que llegar al reactor nuclear. Por allí debería empezar la muerte de la bestia, porque sólo así John podría esparcir su receta de muerte a través de los tubos de ventilación, y porque si el Biótico Mutante alcanzaba los núcleos, dentro de poco el bestión apocalíptico, John Restrepo y los pocos colegas que hubiesen podido quedar vivos, no serían más que escoria espacial.

Se hizo camino con las balas hasta ese gran agujero oscuro del núcleo, y se paró en el borde. Lentamente tomó el biberón en el que había metido los Sea Monkeys y se despidió del coloso asesino con un “ésto es por el doctor McNamara”. Lo derramó en el agujero lentamente mientras la bestia Bio bramaba como cerda en celo “BURHUHUAAAAAAA ARGHROOOOOOOoo MAAaaa RAAAAA UUUUURAAAAAA” como un estruendo que hacía retumbar toda la nave.

Los seamonkeys hicieron su trabajo. Y un John sudoroso y ensangrentado, pero victorioso va buscar a su amada.

Del archivo secreto de la Agencia Espacial Colombia. Visita también su archivo público desclasificado: http://groups.msn.com/agenciaespacialcolombia/