Durante mi infancia y principios de adolescencia, la televisión me hizo de niñera como a muchos otros colombianos. Gracias a Los Pecados de Inés de Hinojosa, era como una niñera que tenía sexo ruidoso con el novio en el sofá de la sala a escondidas de los padres del bebé cuidado.

La tv colombiana fue gloriosa y llena de éxitos, había para estar entretenidos en frente al televisor durante horas mientras nuestras neuronas morían progresivamente, gracias tanto a las útiles enseñanzas de nuestros héroes como NN y don Chinche, como a los rayos catódicos cuyas propiedades electromagnéticas no le permitían penetrar el cráneo naturalmente, pero que a fuerza de los prolongados tiempos de exposición, terminaba por hacerse camino hasta el cerebro y acabar para siempre con la región encargada de estimular el amor al prójimo y con la región cerebral que fomenta el control contra las conductas chauvinistas ultranacionalistas de matriz deportiva y artística. Habiendo todos esos actores para las novelas, siempre me pregunté por qué no había una bien establecida estructura para la producción de películas. De ese modo podríamos habernos ahorrado todas las películas estadounidenses de los ochentas que en cambio lo hindúes no vieron gracias a su pujante y ecada pa’elante industria del cine: todas las películas donde morían más comunistas en una horade cinta que durante toda la duración del asedio a Stalingrado. Simplemente no había películas colombianas para ver, y ante el declino de las películas de Cantinflas, tuvimos que ver a Rambo asesinando Vietcongs en ‘Nam.

Como siento telepáticamente que Diana Rico y su co-conductor, el primer cyborg fabricado en Colombia que ha conducido un programa de televisón privada, Bernardo Hoyos,me estarán juzgando de bastardo camionero ignorante e insensible (aunque por el simple hecho de no ser ellos, ya pertenezco a ese grupo) porque no he averiguado como ellos en Google el color de los corbatines de los taxistas que salían en todas las producciones cinematográficas criollas underground de la época, la mitad de las cuales tenían como protagonista al gordo Benjumea y la otra mitad a Frank Ramírez. Pero yo estoy hablando de cine verdadero, no de producciones audiovisivas de dos horas cuyo libreto está compuesto por un 84% de groserías. Ese vacío en mi identidad nacional se mantuvo por un buen tiempo, hasta que llegué a tener conexión de banda ancha y un buen día escribí “colombia” en algún P2P, y la gran realidad se abrió delante mío: decenas, cientos de producciones nacionales estaban ahí, con ojos tiernos mirando al usuario y esperando que las descargaran. Durante mucho tiempo se me mantuvo oculta la gran sartén en la que se habían estado enfocando todos los esfuerzos de la comunidad histriónica nacional. He ahí por qué no había visto un “batman” colombiano o un “schindler’s list” criollo. Todos los recursos probablemente se habían ido a producciones de calisex como “El paseo de la oficina”, y mi país era toda una potencia del sexo audiovisual gracias a las pereiranas.

Durante todos éstos años todo dejó de ser un secreto, y rápidamente la gente de todo planeta se enteró de que el gobierno colombiano dedicaba el 37% del producto interno bruto a la pornografía, o de otra manera no podríamos mantener la popularidad de la keyword “colombia” en kazaa, reduciendo fuertemente el turismo, lo que llevaría nuestra economía nacional a una implosión que haría que tuviéramos que vender Panamá otra vez a algún país que no supiera que ya se lo habíamos vendido a Estados Unidos, como por ejemplo a Japón, o a Estados Unidos.

¡Pero finalmente parece haber llegado el final de ésta pesadilla de los colombianos de bien que jamás hemos visto una película porno! El día de hoy nuestra actriz Catalina Sandino, después de toda una carrera de glorias fue nominada al Oscar(TM) como mejor actriz principal, gracias a una película que explota el cuarto estigma de los colombianos después del tráfico de porno, el tráfico de influencias y el abuso fetichista de los símbolos patrios: el estigma del tráfico de drogas. Bienvenida sea la nominación a nuestra compatriota, y puede estar segura la Academia que celebraremos su posible victoria como sólo nosotros la podemos celebrar, es decir como cuando yo gané el Oscar por mi trabajo como camarógrafo en un video de un matrimonio en el 97 y celebramos con Maizena(TM) y tiros al aire, aunque se note que “al aire” no significa con una perfecta inclinación de 90 grados hacia arriba, por lo que la población total del país disminuye muchas veces casi tanto como con el 5-0. Esperamos también que otra vez el corrupto CEO de turno de la Maizena inc. en la busca descarada de lucro no soborne a los miembros del jurado como hace con los árbitros de fútbol.

Ahora como es reglamenteo del régimen de nuestro comandante en jefe AUV, en Que Paila cantamos todos en voz alta dos estrofas y el coro del himno nacional para celebrar el triunfo de un colombiano en el exterior.

Ay, al sonar de tambores,
esa negra se amaña,
y al sonar de la caña,
va brindando sus amores.
Es la negra Soledad,
la que goza mi cumbia.
Esa negra cala muy hondo,
con su pollera colorá.

De allá pa acá, de aquí pa allá,
oye, negrita, ¡Con su pollera colorá!
Cómo goza esa negra
con su pollera colorá, mamá,
¡Con su pollera colorá!
Esa negrita sí baila
de aquí pa allá, de allá pa acá,
¡Con su pollera colorá!.

Ay, cuando le canto a Soledad,
es que yo estoy contento,
porque con su movimiento,
inspiración ella me da.
Tiene sabor de canela
o rico sabor a pimienta.
¡Cómo está de contenta, caramba,
con su pollera colorá!